domingo, 23 de diciembre de 2018

La puerta


Posé la mano derecha sobre la vieja y rugosa puerta de madera, la mano izquierda aun asía la maleta, solté ésta y puse también mi otra mano, suavemente, sobre aquellos tablones curtidos por la intemperie y el uso de décadas. Cerré los ojos y aspiré los aromas del Norte, el musgo fresco, la hiedra trepadora sobre la piedra centenaria, la tierra húmeda, que me recordaba el sabor de las setas y el vino criado en roble.
No, no iba a ser una Navidad más, como tantas que hubo antes de ella. Aun apoyado en aquella vieja puerta de durísima madera de Ipe, que llegaría en algún barco desde Sudamérica, encargada quizás por un indiano que no se dejó seducir por la estética de los nuevos ricos, imaginé el interior, acogedor, rústico, cálido, calentado por una gran chimenea de piedra donde arderían buenos troncos de encina. Con mantas de lana merina teñidas de vivos colores, sobre mullidos sofás forrados de pana.
Sabía que ella traía una botella de mi whisky favorito, un viejo single malt de Speyside, la descubrí entre sus ropas antes de que cerrara su maleta, no dije nada claro, me encanta ver cómo le brilla la mirada cuando adivina la ilusión que me hace un regalo suyo. La abriríamos frente al fuego, esa noche, en bellos vasos de cristal tallado.
Mi hija mayor pasaría la Navidad con su madre en Nueva York. El pequeño, curiosamente el más tradicional de los dos, se quedaría en nuestra ciudad con su mujer y toda su numerosa familia política, cena de cuñados, sobrinos y toda la parafernalia tradicional, pata de jamón incluida.
Yo, desde entonces sabía que mi Navidad iba a estar ya siempre donde estuviera ella, o, al menos, mientras durara, ni siquiera en estas fechas me engaño y sé que las cosas duran lo que tengan que durar, pero estoy aprendiendo a vivir con ello y no pedirle al presente más de lo que éste pueda ofrecerme, y lo que me ofrecía tras aquella puerta vieja y recia de madera, era la mejor Navidad de mi vida.
Su mano introdujo la gran llave de hierro en la ancha cerradura y giró un par de veces provocando un ruido metálico de mecanismo antiguo, una de las dos hojas de la puerta comenzó a entornarse y los matices de sombras y luces fueron cambiando a medida que el amarillo dorado de una luz que se nos descubría poco a poco, nos iba abrazando.
Javier Compás

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