domingo, 20 de agosto de 2017

Barcelona

Aprendí a quererte igual que lo hice en mi propia ciudad, paseando tus calles. Reconozco que las primeras veces solo te percibí como un sitio ajeno, grande, lleno de gente que iba de aquí para allá, a sus cosas, hasta aquel verano…
No importó la humedad que se adentraba desde el mar por las viejas callejas del Born, del Barrio Gótico, del Raval, fuimos descubriendo tus tabernas entre vermú y vermú y ya, de  noche, vivimos la tormenta que bajaba desde el Tibidabo hacia Sarriá. Rompiendo el negro suave de la noche de verano con sus líneas rojas quebradas, zigzagueando sobre nuestro deseo.
Nos gustaba sentir la lluvia, fuerte, de gotas gruesas, repiquetear en el alféizar de la ventana del dormitorio. Acompasamos nuestros cuerpos al ritmo de la tempesta  y terminamos a la vez que un trueno que pareció partir en dos el firmamento.
El fresco aire que entraba por la ventana olía a tierra húmeda y tejas mojadas, tu pelo se desparramaba por la almohada y apenas se notaba tu relajada respiración, tan sigilosa como las leves pisadas del gato por el pasillo.
Deambulamos por las calles del barrio, pequeñas casas que hacían pensar en privados patios interiores, plazas recoletas donde buscábamos la sombra de los árboles. Una terraza a mediodía nos invitaba a sentarnos y compartir unas cervezas, a pesar del calor que ya se apoderaba de todo. Luego buscaríamos de nuevo el refugio del cuarto en penumbra, de las blancas sábanas frescas.
Las luces del puerto me hacían evocar el vaivén del agua bajo los cascos de los barcos. Giramos la esquina de una calle detrás de Santa María del Mar. La luz del local se proyectaba como el haz de un faro focalizado por la puerta, a la calle más oscura, como marinos errantes nos acogimos a la seguridad de su puerto, nos refugiamos en las tablas de sus mesas, sillas, barricas, y compartimos el vino y la conversación, la luz de tu sonrisa y el brillo de tus ojos al mirarme.
Andando por las calles de mi ciudad, sin ruta preconcebida, en paredes relucientes de cal, aceras salpicadas de naranjos, me até para siempre a sus muros, a los alcorques llenos en primavera de azahar caído, tras dar su efímero regalo aromático, sin esperar nada a cambio. Tú eres diferente, como otra mujer, con curvas dibujadas de otra manera, con una textura de piel distinta, con un perfume nuevo para mí, y también te quise y quise apurar tus anchas avenidas y las cuestas de tu parte alta, adentrarme en tu verdadero yo, lejos de las calles de turistas, y lo hice porque tú me llevaste.
Aquel verano, la ciudad y la mujer eran una, por eso les hablo a las dos a la vez, confundiéndolas, en el mismo amor, sin ella no hubiese amado, no, mejor, no amaría la ciudad como la amo, porque es donde ella duerme, son las aceras por donde ella camina, los mercados donde ella compra.

El avión se adentra en el mar nada más despegar, para luego, en una amplía curva, volver hacia tierra firme, allí abajo las luces de los barcos, de la ciudad, de los coches que circulan hacia todas partes, se empequeñecen y compactan. Allí está ella, nos acabamos de abrazar en el aeropuerto, miraba, en la cola del embarque, como se empinaba sobre las puntas de los pies besados, para apurar la despedida, de repente, entre tanta gente, solo ella quedó de color, todo lo demás se volvió blanco y negro.
Javier Compás

 

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