sábado, 7 de abril de 2018

Sexta luna de Saturno


Sobre la pantalla azul junto a la puerta se silueteaban en amarillo intenso las palabras: SOLO CIUDADANOS AZ AX AY.

Acerqué mi muñeca derecha para que el scanner leyera mi micro chip de identificación, el gas se diluyó unos segundos permitiéndome pasar.

La imagen virtual de la recepcionista estaba muy conseguida, cada vez lo hacen mejor, un holograma prácticamente perfecto. Una chica blanca, de pelo negro e intensos ojos verdes, prestaba su imagen a la empleada que, cómodamente desde su casa, ponía voz a su avatar laboral.

Me indicó amablemente el ascensor supersónico 15 para subir a la planta 324, donde se encuentran las oficinas de Zabala, Montesinos y Asociados. El bufete se estaba encargando de tramitar mi visado para poder trasladarme a Encélado, la sexta luna de Saturno, donde la Sociedad Occidental de Naciones Libres tiene una base de repoblación humana.

La vida en la Tierra cada vez es más difícil. Tras ser borradas del mapa Tel Aviv y Haifa por los misiles atómicos lanzados desde Irán y Afganistán, el presidente francés Muhammad Boumedian, firmó un acuerdo con la Alianza Sagrada de Estados Islámicos tras ser el tercer país, con Reino Unido y Bélgica, en abandonar la Unión Europea. El cierre radical de las fronteras de Estados Unidos bajo la presidencia de Eric Trump y su decisión de incrementar su régimen autárquico hasta el aislamiento total internacional, ha hecho que Alemania, Italia y España encabecen el último bastión de los países occidentales democráticos en oponerse a la nueva Europa regida por el eje París – Ankara. Las guerras de religión locales en las comarcas más conflictivas, han relegado  a la población autóctona a buscar refugio en las nuevas colonias extra terrestres.

Gracias a mis estudios en el campo del agua sintética, fundamentales desde la desecación de todas las cuencas mayores de los ríos de la península Ibérica, he tenido el privilegio de ser calificado como ciudadano AZ y mi mujer y mis hijos como AX, con lo que pronto, tras numerosos trámites y cuantiosas minutas, podremos acceder al edificio de tubos de tele transportación en el Ministerio de Colonización.

Seremos cuatro menos de los 18 millones de habitantes de Madrid, superpoblada desde que todas las ciudades de la costa quedaron sumergidas cuando el gran deshielo de 2038. Hasta los doce metros de altitud todo está bajo el agua ahora, vimos, desde el último avión que despegó del aeródromo del Aljarafe, el campanario de la Giralda sobresalir unos metros sobre las aguas que han cubierto Sevilla.

Un droide armado me recibe en la puerta del ascensor, las medidas de seguridad son extremas desde que los lobos solitarios han intensificado sus atentados mediante humanoides explosivos. Dejo que me escanee y compruebe que mi interior está hecho de músculos, venas y vísceras, ni una sola articulación o prótesis de metal. Me conduce amablemente y en silencio, flotando a escasos centímetros de la alfombra del pasillo, hasta el despacho del abogado que tramita mis visados.

-         Hay un pequeño problema – el hombre del traje gris, cuello mao, líneas puras y rectas, me preocupa, le pregunto que cuál es el problema – Su mujer, ha residido tres años en Egipto.
-        Pues sí, hace quince años ya, antes de la última guerra con Israel. Mi mujer es, era, arqueóloga, realizaba unos estudios para su Departamento de la Universidad de Sevilla.
-         Al parecer cultivó ciertas amistades con eminentes personajes de la sociedad islámica egipcia.
-         Lógicamente, era, es, una investigadora importante. Tenía que relacionarse con el Director del Museo de El Cairo, con el rector de su Universidad, con… en fin, alcaldes y gobernadores, supongo.
-         Pues eso va ser un escollo importante, de hecho, al revisar su expediente se están planteando   recalificarla como BY.
-         ¡¿Cómo?! ¡Eso no puede ser! Mi mujer es española de varias generaciones.
-         No se altere, son las normas de seguridad de la Sociedad de Occidental de Naciones Libres, pero estamos tratando de arreglarlo, hay que hacer comprobaciones…
-         Hagan lo que les parezca, pero háganlo rápido, y le diré una cosa, si puede hágalo por usted y por su familia también.
-        Nosotros somos todos AZ – Su voz no dejaba de tener cierto tono de altivez.
-        Pues mejor para ustedes, abandonen esta incandescente bola cuanto antes, se lo aviso, le doy un consejo gratis. No van a acabar con nosotros las bombas, sino los rayos solares de las tormentas magnéticas que cada vez son más fuertes y frecuentes.
-        Lo hubiese advertido el Gobierno, ya le he dicho que somos…
-       Sí, sí, lo sé, todos AZ, pues hágame más caso a mí que a su querido Gobierno, de hecho ellos están preparando sus tele transportaciones de manera inminente, esto es información reservada, se la doy a cambio de que agilice mis visados.

La piel anaranjada por el exceso de sesiones de rayos UVA del abogado, se volvió del mismo gris que su traje. Pasó la mano por encima de su pantalla de escritorio. La cara de su secretaria virtual, le preguntó qué deseaba. Ordenó rápidamente que le pusiera con el Ministerio de Colonización.

No miraron atrás. Luis Mendoza, ciudadano AZ y los ciudadanos AX, Inés Pulido, Juan y Miguel Mendoza Pulido, ocuparon sus tubos de tele transporte en la torre 28 del Ministerio de Colonización, en unos segundos sus moléculas corporales se recompondrían tal cual en las cabinas de la base militar española de recepción en la sexta luna de Saturno. Bienvenidos a Encélado.

Javier Compás

domingo, 20 de agosto de 2017

Barcelona

Aprendí a quererte igual que lo hice en mi propia ciudad, paseando tus calles. Reconozco que las primeras veces solo te percibí como un sitio ajeno, grande, lleno de gente que iba de aquí para allá, a sus cosas, hasta aquel verano…
No importó la humedad que se adentraba desde el mar por las viejas callejas del Born, del Barrio Gótico, del Raval, fuimos descubriendo tus tabernas entre vermú y vermú y ya, de  noche, vivimos la tormenta que bajaba desde el Tibidabo hacia Sarriá. Rompiendo el negro suave de la noche de verano con sus líneas rojas quebradas, zigzagueando sobre nuestro deseo.
Nos gustaba sentir la lluvia, fuerte, de gotas gruesas, repiquetear en el alféizar de la ventana del dormitorio. Acompasamos nuestros cuerpos al ritmo de la tempesta  y terminamos a la vez que un trueno que pareció partir en dos el firmamento.
El fresco aire que entraba por la ventana olía a tierra húmeda y tejas mojadas, tu pelo se desparramaba por la almohada y apenas se notaba tu relajada respiración, tan sigilosa como las leves pisadas del gato por el pasillo.
Deambulamos por las calles del barrio, pequeñas casas que hacían pensar en privados patios interiores, plazas recoletas donde buscábamos la sombra de los árboles. Una terraza a mediodía nos invitaba a sentarnos y compartir unas cervezas, a pesar del calor que ya se apoderaba de todo. Luego buscaríamos de nuevo el refugio del cuarto en penumbra, de las blancas sábanas frescas.
Las luces del puerto me hacían evocar el vaivén del agua bajo los cascos de los barcos. Giramos la esquina de una calle detrás de Santa María del Mar. La luz del local se proyectaba como el haz de un faro focalizado por la puerta, a la calle más oscura, como marinos errantes nos acogimos a la seguridad de su puerto, nos refugiamos en las tablas de sus mesas, sillas, barricas, y compartimos el vino y la conversación, la luz de tu sonrisa y el brillo de tus ojos al mirarme.
Andando por las calles de mi ciudad, sin ruta preconcebida, en paredes relucientes de cal, aceras salpicadas de naranjos, me até para siempre a sus muros, a los alcorques llenos en primavera de azahar caído, tras dar su efímero regalo aromático, sin esperar nada a cambio. Tú eres diferente, como otra mujer, con curvas dibujadas de otra manera, con una textura de piel distinta, con un perfume nuevo para mí, y también te quise y quise apurar tus anchas avenidas y las cuestas de tu parte alta, adentrarme en tu verdadero yo, lejos de las calles de turistas, y lo hice porque tú me llevaste.
Aquel verano, la ciudad y la mujer eran una, por eso les hablo a las dos a la vez, confundiéndolas, en el mismo amor, sin ella no hubiese amado, no, mejor, no amaría la ciudad como la amo, porque es donde ella duerme, son las aceras por donde ella camina, los mercados donde ella compra.

El avión se adentra en el mar nada más despegar, para luego, en una amplía curva, volver hacia tierra firme, allí abajo las luces de los barcos, de la ciudad, de los coches que circulan hacia todas partes, se empequeñecen y compactan. Allí está ella, nos acabamos de abrazar en el aeropuerto, miraba, en la cola del embarque, como se empinaba sobre las puntas de los pies besados, para apurar la despedida, de repente, entre tanta gente, solo ella quedó de color, todo lo demás se volvió blanco y negro.
Javier Compás