domingo, 23 de diciembre de 2018

La puerta


Posé la mano derecha sobre la vieja y rugosa puerta de madera, la mano izquierda aun asía la maleta, solté ésta y puse también mi otra mano, suavemente, sobre aquellos tablones curtidos por la intemperie y el uso de décadas. Cerré los ojos y aspiré los aromas del Norte, el musgo fresco, la hiedra trepadora sobre la piedra centenaria, la tierra húmeda, que me recordaba el sabor de las setas y el vino criado en roble.
No, no iba a ser una Navidad más, como tantas que hubo antes de ella. Aun apoyado en aquella vieja puerta de durísima madera de Ipe, que llegaría en algún barco desde Sudamérica, encargada quizás por un indiano que no se dejó seducir por la estética de los nuevos ricos, imaginé el interior, acogedor, rústico, cálido, calentado por una gran chimenea de piedra donde arderían buenos troncos de encina. Con mantas de lana merina teñidas de vivos colores, sobre mullidos sofás forrados de pana.
Sabía que ella traía una botella de mi whisky favorito, un viejo single malt de Speyside, la descubrí entre sus ropas antes de que cerrara su maleta, no dije nada claro, me encanta ver cómo le brilla la mirada cuando adivina la ilusión que me hace un regalo suyo. La abriríamos frente al fuego, esa noche, en bellos vasos de cristal tallado.
Mi hija mayor pasaría la Navidad con su madre en Nueva York. El pequeño, curiosamente el más tradicional de los dos, se quedaría en nuestra ciudad con su mujer y toda su numerosa familia política, cena de cuñados, sobrinos y toda la parafernalia tradicional, pata de jamón incluida.
Yo, desde entonces sabía que mi Navidad iba a estar ya siempre donde estuviera ella, o, al menos, mientras durara, ni siquiera en estas fechas me engaño y sé que las cosas duran lo que tengan que durar, pero estoy aprendiendo a vivir con ello y no pedirle al presente más de lo que éste pueda ofrecerme, y lo que me ofrecía tras aquella puerta vieja y recia de madera, era la mejor Navidad de mi vida.
Su mano introdujo la gran llave de hierro en la ancha cerradura y giró un par de veces provocando un ruido metálico de mecanismo antiguo, una de las dos hojas de la puerta comenzó a entornarse y los matices de sombras y luces fueron cambiando a medida que el amarillo dorado de una luz que se nos descubría poco a poco, nos iba abrazando.
Javier Compás

sábado, 27 de octubre de 2018

Vuelo nocturno


Nadie en el 29 A, ventanilla, ningún ojo desde ese asiento vacante mirando la noche cerrada. Nadie llega a un aeropuerto vacío, donde nadie ha ido a esperar a nadie. No está la sonrisa que de pronto ilumina la llegada del otro, porque el otro no ha llegado. Un sitio vacío en el parking, un rectángulo negro de asfalto donde pesa la ausencia del vehículo a él destinado que no vino, solo un charco empapa la soledad amarillenta iluminada por una farola mustia.
Desde la indignidad del sofá envejecido mirar de reojo el reloj que apenas mueve sus manecillas, en un lento e inexorable camino al vacío mortal de la no partida. Tras las cristaleras de terraza de barrio, los salones iluminados donde brilla el artificial fulgor de las aburridas televisiones que insisten en vulgarizar al país.
La pequeña lucecita móvil se acerca desde el horizonte, otro avión, uno más que recuerda el desistimiento del viaje, el cobarde arrellanarse en los flácidos cojines azules de la indolencia, de la barbarie de seguir quemando la vida. Ocupando un espacio que sí debería estar vacío, aquí en la tierra, donde pesadas cadenas de hierro forjado en la costumbre amarran brazos y piernas a la mediocridad.
No están los ojos que brillan al ver al viajero, no han ido a la terminal de llegadas, no quisieron ir, porque se han cansado de que no llegue nadie para quedarse, porque se han cansado de saber que luego, casi en el mismo sitio, viene la incierta despedida, la incertidumbre de una vuelta prometida, el cansancio del ir y venir sin solución.
Por la pista húmeda ruedan las gomas del tren de aterrizaje, quizás aliviadas de llevar menos peso, de no haber soportado tantos kilos de culpa y remordimiento, lo de menos son los 80 kilos de piel y huesos, pesan más los propósitos nunca cumplidos y las promesas no escritas, pronunciadas por labios como guillotinas de la verdad, disfrazados de deseo y culpa.
J. C.

jueves, 4 de octubre de 2018

Lejos del Otoño


Como la Baja California, tus piernas peninsulares,
se extienden, dunas canelas, a lo largo de la orilla,
el azul, deslumbrador y cambiante, viene y va
mojando las puntas de nácar de tus dedos,
sobre el verdoso reflejo que sube y baja, espejo ajado,
los puntos blancos y cambiantes de las barcas.

Cierras los ojos al sol y no sé qué sueñas,
tu respiración leve da pálpito a pechos breves y firmes,
como movidos por un magma interno,
latente de pasiones adormecidas a la brisa de poniente.

Tu vientre firme, se ondula suavemente a la caricia imaginada de mis manos,
te apartas un mechón negro que el viento puso en tu cara,
y mis ojos siguen el movimiento, ágil y delicado de tus dedos
que parecen anémonas submarinas movidas por la marea,
largas cintas verdes mecidas por las corrientes
entre las que juguetean pececillos mudos de colores.


Te recuerdo en otoño,
cuando tu cuello se refugiaba en la cálida piel de tu abrigo,
cuando tus ojos, huyendo del frío ya casi invernal,
buscaban la calidez de mi mirada,
te hablaban mis ojos por encima de la mesa, voladores,
entre platos y vasos, entre las cabezas de los otros,
como un hilo mágico, dorado e invisible a la vez.


Ahora tu cuerpo de funde en la arena,
tus labios siguen callados y sigue hablando tu silencio.
No puedo tocarte porque está prohibido,
nos condenaron la desidia y la ambición,
y, desde aquellos lejanos días, que siempre recuerdo de calor y calles vacías,
somos rehenes de nuestra mediocridad,
condenados a mirarnos, a desearnos,
a bebernos nuestras bocas sin rozarnos,
a olernos los cuerpos cuando nos cruzamos por los pasillos,
en las habitaciones habitadas de extraños
que nos poseen y nos separan.

Miro tu cuerpo, tendido y extenso,
como la Baja California,
separando a cada lado mares, que,
sin saberlo, al final, en el remoto Sur,
funden sus aguas en la tormenta.

miércoles, 25 de julio de 2018

Venías de paso


Venías de paso, no estaba prevista la permanencia.
Te quedaste, y no dije nada, no podría decirlo, me dejaste sin habla.
A lo nuevo y placentero no se le ponen peros, ni al alba ni al ocaso,
aunque no sepa muy bien si el amanecer promete
o si el atardecer es una pequeña y bella muerte.
¿Qué más daba?
Si era el final de mi carrera de lo que en la vida me esperaba, no hay mejor final,
si es un principio, que lo es, no me importa el tiempo,
porque el tiempo es más corto o más largo según lo llenes de vida.
La rutina es interminable, como un camino de tierra al sol de agosto,
en cambio, la aventura de descubrir tu cuerpo,
de descubrir cada recodo de tu ser interior,
es un vértigo, una vorágine futurista y animal, siempre dinámica.

Las tiernas horas de la noche en el blanco reposo de tu cama,
los rayos cruzando el cielo rojo y negro sobre la falda del monte,
tormenta desde tu ventana y tu almohada.
Las pisadas almohadilladas de tu gato blanco y negro, de orejitas sonrosadas,
en el pasillo incierto lleno de libros y pasos de nuestro ir y venir.
En la cocina, el corcho dormido sobre un plato de cerámica,
con la huella violeta y redonda del vino que nos bebimos, rojo sangre.
Unas copas, la tuya, manchada de un carmín rosado, que te robé luego de los labios.
La copa y mi boca, receptores de fluidos, el vino, tu saliva,
y el aroma mezclado de frutillos de bosque, de maderas y del perfume reposado en tu piel.

Las losetas hidráulicas del suelo de tu casa destilan un fresco acogimiento,
una sensación de hogar, antiguo y conocido, donde tus pies descalzos se saben los caminos.
Me siento bienvenido y extraño, aún el sofá no tiene el hueco de mi cuerpo.
Mi cepillo de dientes en el vaso de tu cuarto de baño
es todavía un cepillo de viaje, pequeño y con capucha, y mi toalla es prestada, amarilla.
No tengo sitio definido para mi ropa, que cuelga en perchas de madera, junto a tus faldas,
junto a tus blusas suaves de algodón, de exótica seda, de liviano lino,
sobre tus zapatos de tacón y tus coloridas zapatillas deportivas de tela.
mi maleta aún está sobre la cama del cuarto de invitados,
la cama que nunca he usado.

Nuestro amor provisional no entiende de calles, tira por donde más le apetece,
lo mismo se toma unas cañas con papas bravas
que un vermut con unas banderillas de anchoas y aceitunas.
Y ríe, siempre sonríe ante la provisionalidad y nuestra querida improvisación,
porque no entendemos de normas ni rutas establecidas,
porque somos la transgresión de las aventuras pasajeras
y convertimos las costumbres de los amantes efímeros,
en una manera habitual e irremediable de vivir ya para siempre,
entre el cielo azul despejado y la noche encubridora.

En realidad el que iba de paso era yo,
en realidad en aquel andén, fui yo quien se bajó del tren para siempre,
solo me bastó verte erguida entre la gente,
esos cuerpos que se difuminaron en torno tuyo, perdiendo el color,
quedaste exenta, sola y brillante, como un poste publicitario, como una señal indicadora,
como un planeta habitado en la última galaxia de mi último viaje intergaláctico.
Paseamos hasta la cervecería más próxima que nos gustó
y sellamos un contrato de equipo con dos jarras entrechocadas,
sin dejar de mirarnos a los ojos.

J. C.

sábado, 14 de julio de 2018

El que nunca muere


Nunca quise ser inmortal, me refiero a la inmortalidad en este mundo que conocemos. Nací católico y, aunque mi fe ha flaqueado a lo largo del tiempo, para mi cultura la inmortalidad deseada es la espiritual. La muerte es un tránsito momentáneamente más o menos desagradable que, de haber llevado una vida regularmente honesta, nos conducirá a un estatus más elevado de nuestra alma, más cerca de Dios, el reencuentro con las personas amadas que transitaron por el mundo antes que nosotros.
La inmortalidad de la carne terrenal supone asistir al deterioro de los cuerpos amados, al fallecimiento sucesivo de todas las personas queridas, de todas las personas. Si este tipo de inmortalidad existe, sería seguramente una prueba sólida de la inexistencia del Dios bíblico. ¿Por qué iba a conceder Dios a una persona en concreto ese, supuesto, don que contradice su plan para la Humanidad?

Mi más que segura inmortalidad es una prueba viviente de que probablemente Dios no existe, de que soy una mutación extraña de la Naturaleza, una casualidad más, o una anticipación, de la cadena evolutiva del Hombre. Así que, al desconcierto que suscita el hecho en sí, se añade la incertidumbre de ¿Quién o Qué? ha “creado” mi inmortalidad terrena.
Ahora, cientos de años después de mi nacimiento, solo y ermitaño en esta isla rodeada de apacibles mares de color turquesa, espero el advenimiento final del destino de la Tierra y, por tanto, de mi propio destino, pero por si alguien queda después de lo que se avecina, pues ya todo se puede esperar, dejo estas páginas contando mi historia sin saber si en el mundo existe o ha existido, otra persona en mis circunstancias.
Nací en un pueblo de la vieja Castilla en pleno siglo XVI, por tanto, mi carácter se forjó en la ascética espiritualidad de la España de la Contrarreforma, con una estricta educación cristiana, en un entorno de hidalgos ibéricos cuya estirpe se forjó en la lucha contra los musulmanes y en intrépidas aventuras en el Nuevo Mundo, América. Nací en casa blasonada, de recios muros de piedra y no menos recias convicciones.
Como caballero de familia hacendada tuve la oportunidad de estudiar en Salamanca y casar con dama de alta alcurnia y tener vigorosos hijos que lucharon, y algunos murieron, por España y su Imperio, en campos de batalla de medio mundo. Fuimos recompensados por su Majestad mi señor Felipe II, pero esa no fue más que mi primera familia. Porque a pesar del dolor que supone ver morir a los tuyos, en mi errante vida por multitud de países para ocultar mi condición inmortal, no fue hasta después de sufrir la perdida de tres mujeres, a las que amé profundamente y de once hijos, también muertos, que decidí por fin desistir de crear ninguna familia más.

Establecido en la Corte al servicio de mi señor el Emperador Carlos, partí cierto día en misión diplomática a Roma. Nuestro barco zarpó una luminosa mañana de abril desde el puerto de Barcelona. Tras hacer escala en Mallorca, navegábamos por el Mediterráneo, acabábamos de cruzar el Estrecho de Bonifacio, entre Córcega y Cerdeña, nuestra nave ya había perdido de vista las costas de la isla Magdalena cuando fuimos abordados por tres naves berberiscas. Aunque nuestros hombres se batieron con valentía, nuestros enemigos eran muy superiores en número. Un sablazo en la cabeza me hizo perder el conocimiento y no fui consciente de nada hasta que me encontré en el puerto de Yerba, el más importante de Túnez y desde donde partían las naves corsarias para sus incursiones por todo el mar occidental.
Solo sobrevivimos cinco españoles. Desde el primer momento de mi cautiverio advertí como tanto mis compañeros como los moros que nos custodiaban, me miraban con cierta desconfianza. La rápida y milagrosa sanación de mi herida creó sentimientos encontrados en mis paisanos, aunque lo atribuían a la protección de nuestro Señor, y cierto temor entre los africanos que probablemente pensaran, si no en una intervención divina, en algún tipo de magia cristiana que desconocían.
Nuestro cautiverio estuvo lleno de penalidades, pero al encontrarse entre nosotros el embajador del Emperador ante la Santa Sede, don Enrique de Guzmán y Ribera, Conde de Olivares, nuestro monarca pagó un generoso rescate por nosotros y fuimos liberados a los pocos meses. La noticia de mi curación milagrosa se extendió por toda la Corte y adquirí cierta fama de hombre piadoso bendecido por nuestro Señor Jesucristo, o amparado por la Virgen de la Natividad, patrona de mi villa natal. No obstante, algunos elementos inquisitoriales veían con extraña y suspicaz prevención tan increíble cura. Por una cosa y otra, decidí poner tierra de por medio y conseguí un provechoso destino en la Nueva España.

Comisionado por la corte para inspeccionar los gobiernos de las principales ciudades de nuestras tierras americanas, tuve la oportunidad de conocer increíbles lugares y familiarizarme con las costumbres de los indígenas. Por aquel entonces de nuestras provincias de ultramar manaban sustanciosas riquezas que se embarcaban para España pero que, una veces perdidas en el Océano  y otras arrebatadas por corsarios británicos u holandeses, las que llegaban a nuestra tierra solo enriquecieron a los nobles y a algunos ricos comerciantes, marchando la mayor parte para financiar las costosas guerras que manteníamos por medio mundo, principalmente en Centroeuropa contra los herejes protestantes y contra el turco en el Mediterráneo Oriental.
Ocurrió por aquella época que, en un trayecto entre Medellín y nuestro puerto en Cartagena de Indias, fui mordido por una serpiente venenosa. Dado por muerto, me trasladaron en una carreta, cubierto por un paño de lino, hasta la casa del gobernador, donde me depositaron en un modesto catafalco de madera a la espera de los oficios fúnebres y mi definitiva sepultura en tan lejanas tierras.
Abrí los ojos y me asustó la veladura que me impedía la vista, un fino lienzo por donde podía respirar y por donde se filtraba la amarillenta luz de los cuatro hachones que flanqueaban mi improvisada capilla ardiente. El murmullo de unos rezos me llegaba a los oídos como el eco apagado y lejano de una extraña letanía. Empecé a recordar, aun sin moverme, qué me había pasado, el caballo asustado que me derriba, la serpiente escurriéndose por debajo de mi cuerpo, la inmovilidad, el sueño… Traté de mover los dedos de las manos, lentamente comprobé que podía abrirlos y cerrarlos, levanté mi mano derecha y, aunque con pocas fuerzas en mi cuerpo, pude levantar el brazo y apartar la tela que me cubría. Unos gritos de espanto, sillas que caen y dos mujeres y un fraile que salen corriendo de la estancia gritando: ¡milagro! ¡milagro!
Sabidos mis antecedentes, mi fama de hombre santo corrió por toda América y saltó hasta España. Me llamaron a la Corte y el mismo Felipe II me recibió y encomendó que me integrara en el equipo que estaba realizando la magna obra del Monasterio de San Lorenzo en El Escorial. Yo, lego de estudios profundos de arquitectura o religión, me apliqué como buenamente supe, en aprender de mentes más sabias y eruditas que la mía que, sin embargo, me trataban con el respeto y cierta temerosa distancia, ya que pensaban que era un resucitado por la mano del Todopoderoso.
Así cumplí mis 35 años de edad y fui comprobando, poco a poco, como el paso del tiempo respetaba mi cuerpo. Ni una arruga, ni una cana en mi rojiza barba, ni en mis castaños cabellos, ni un pequeño surco en las comisuras de mi boca o mis ojos. Esto, que a mí me sorprendía, a los demás maravillaba, y voces respetadas, principalmente del clero regular cercano a la Inquisición, comenzaron a tornar la idea de mi salvación divina por un probable pacto con el mismísimo Satanás. Mi vida virtuosa, de trabajo, dedicación familiar y disciplina ante mis superiores, evitaban de momento el inicio de un proceso que el mismo rey no vería con buenos ojos. Aunque el Inquisidor General de aquella época, el temible cardenal y arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga, presionaba para que se abriera una causa investigadora contra mí.
Todos fueron muriendo poco a poco, mis familiares, mis amigos y mis enemigos, también el rey mi señor, al que sucedieron los monarcas que, llevando a España a su esplendor artístico y literario, comenzaron, con las muchas guerras y gastos del Tesoro, la cuesta abajo que en Rocroi, marcaría el principio del fin y el declive de nuestro Imperio. Para entonces, convencido ya de mí carácter inmortal, y libre de obligaciones con humano alguno, mi vida se fue oscureciendo a la luz de mis semejantes y decidí conocer otras tierras, donde ni mi nombre ni mi historia significaran nada a nadie.
Conocí la Roma del Barroco, pero tampoco era un sitio seguro para mí. También quise conocer a nuestros “enemigos”, así transité por Flandes, por la Holanda prospera de la Reforma, el Imperio Alemán y los países de Europa Oriental, hasta la gran Rusia. Crucé la estepa y llegué al sorprendente Imperio Chino. Busqué la sabiduría de los monjes de las montañas más altas del mundo y navegué por los mares más amplios y hermosos donde las mujeres son cálidas y hermosas y los hombres acogedores y francos.

Viví en el Londres oscuro y emprendedor del siglo XIX. Allí, en un mundo sumido en pleno Romanticismo, entendí que toda historia de inmortalidad habla de muerte más que de vida. La vida terrenal eterna solo es posible después de haber transitado por la muerte y ésta, o su ausencia, marcarían mi vida inmortal desde entonces. Gilgamesh, Osiris, Lázaro, Jesús, muertos y resucitados. Conocí las terribles historias de los no muertos, vampiros de la noche, y la vida formada con trozos de cadáveres, como la historia del doctor Frankenstein.
Todos esos años, siglos, tuve el buen criterio de guardar en una casona que me había hecho construir en los Alpes italianos, cerca de la bella población de Chiusa, dinero, joyas, oro y lo que, con el tiempo, serían valiosas antigüedades. Desde mi ventana contemplo el curso del río Isarco y tengo, a mi derecha, un cuadro que Alberto Durero dejó allí cuando habitó en la ciudad. En ella guardo tesoros que he ido acumulando a través de los siglos, riquezas que me han permitido vivir holgadamente hasta hoy y que veo, con el transcurso del tiempo, como muchas de ellas se van revalorizando más y más hasta que algunas, por sí solas, podrían solucionar la vida de cualquier familia para varias generaciones.
Decidí también que todas las mujeres serían para mí pasatiempos efímeros, huyendo de cualquiera de ellas que pudiera llegar a tocar la más mínima fibra sensible de mi corazón, así que no admití en mi lecho a ninguna por amor, solo por deseo. No le tengo apego a ningún objeto, ni recuerdo, ni casa, ni carruaje, ni coche, ni animal de compañía alguno. He tenido pocos amigos, porque la muerte de alguno de ellos puede llegar a doler más incluso que la de una mujer amada. No he querido inmiscuirme ni en la vida política ni en las guerras continuadas que han visto Europa y el mundo desde que dejé el servicio de mi señor Felipe II. Y, con el tiempo, también me he ido alejando de la Iglesia que, primero me encumbró a la santidad y luego me persiguió como endemoniado.
Busqué y esperé la publicación de algún relato sobre la inmortalidad que hablara de goce y felicidad, nunca lo hallé. Todos hablan de soledad, de muerte, de locura y desesperación, de la infinita melancolía de la vida solitaria del inmortal. Pasé años entregado a la lujuria, al juego, la bebida, nada hacía mella en mi salud, soy un joven fuerte y bello de 35 años que nunca enferma, un joven atractivo con la sabiduría acumulada de un hombre de 350 años, cuando llegó el siglo XX.
Apasionado por las vanguardias artísticas y literarias, me establecí en un ático de París donde ejercí de mecenas de muchos pintores. El nuevo siglo me fascinaba, la velocidad, las máquinas, la electricidad que hizo de París la “ciudad luz”, la música, las faldas de las mujeres. Pero también traería la devastación como nunca el mundo había conocido. Yo, que había visto la peste negra asolar Europa, el cólera, las guerras de religión, jamás imaginé el poder de destrucción que podría desarrollar la Humanidad. La Primera Guerra Mundial fue una matanza absurda provocada por la arrogancia de los poderosos, que mandaron a millones de jóvenes al matadero por sus ambiciones políticas y económicas, por sus pugnas dinásticas. La Segunda Guerra Mundial no fue más que la consecuencia del cierre en falso de la Primera, pero multiplicó el desastre elevando los millones de muertos a cantidades absurdas, de locura. Pero el mundo no escarmentó, el horror nuclear desatado por Estados Unidos sin pudor alguno, sumió a toda la Tierra en un permanente estado de miedo. Cientos de pequeñas guerras que no han parado en décadas. Muerte, muerte, muerte.

Mientras, el mundo capitalista, embelesado por un supuesto estado de bienestar basado en el consumismo desaforado, machaca los últimos recursos terrestres. Los poderes político-financieros se encargan de mantener las guerras localizadas en el extrarradio del llamado “primer mundo”, donde un sistema de subvención estatal generalizada mantiene las cotas de desempleo en millones de personas que, no obstante, siguen adormecidas contemplando vacíos programas de televisión, masas desculturizadas por años de gradual degradación de la enseñanza, adoctrinada en el seguimiento a unos modelos vacuos y superficiales, estrellas del futbol, del cine o, simplemente, estrellas que lo son, por salir en los medios de comunicación, un espectáculo en sí mismo. La industria ha sido trasladada a países de mano de obra barata, mientras que los países occidentales se han centrado en la industria del ocio y el turismo, la consigna es viajar en vacaciones, siempre diversión, y contarlo, la gente se gasta lo que no tiene en costosos teléfonos portátiles para hacer millones de fotos insustanciales que vagan por las redes sociales.
Las tasas de natalidad occidentales están en negativo, nuestra civilización se extingue por falta de individuos, mientras crece y crece la población mundial gracias a culturas ancladas en la Edad Media que siguen guerreando a causa de tierras y religiones, sometiendo a sus propios pueblos, siendo los peones de los dueños del mundo.
Año 2167 de nuestra era. Los niños del mundo han desaparecido, una mañana, las cunas, las camas de nuestros niños, amanecieron vacías, con ellos, millones de adultos también se han esfumado de pronto. La Iglesia católica habla del advenimiento del Fin del Mundo, según profetiza el Libro del Apocalipsis y tal como lo anunciaba el Evangelio de San Juan: “…voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3). No sé si ha sido Dios o no, pero el hecho cierto es que el mundo se acaba.
Mi barco llegó a una de las treinta y tres remotas islas que forman Kiribati, en el Pacífico Sur. Un país idílico y poco frecuentado donde aún existen, incluso,  islas deshabitadas. Mi palacio de madera y hojas de palma se yergue solitario en una playa de arenas blancas y palmeras. Las islas están desapareciendo bajo las aguas, el nivel del mar sube unos centímetros cada año, no sé si mi isla desaparecerá antes de la eclosión total del resto de la Tierra. Liquidé todos mis tesoros y solo traje conmigo lo necesario para establecerme cómodamente en la isla y un barco para navegar y acercarme a la capital cuando es necesario. Conmigo solo habitan la isla  los peces de colores de sus aguas, las manta rayas y los galápagos. Por el cielo surcan el aire cientos de especies de aves y llamativas mariposas. No hay animales salvajes o peligrosos en tierra, salvo algún huidizo lagarto. Mi dieta es rica en pescado y marisco, aunque de vez en cuando, me aprovisiono de carne en el mercado de la ciudad, así como de los vinos y licores que llegan hasta ella.
En mi playa solo está autorizado a atracar el barco de Teburoro Mamau, un viejo kiribatiano que, con su mujer, viene toda las semanas con provisiones y para ayudarme con la limpieza y mantenimiento de mi casa. No quiero relacionarme con más nadie. Así será hasta que el cielo rojo como un anochecer, pero a mediodía, vaya cubriéndonos totalmente, hasta que toda la Tierra sea un reino de sombras.

lunes, 25 de junio de 2018

Detrás de la portería de Gol Sur

Grada de Gol Sur Benito Villamarín

Dejé el MARCA sobre su regazo, comentamos algo sobre el Betis y el Real Madrid y me despedí hasta la tarde. Cuando regresé ese mismo día a la hora vespertina de visitas, el ATS jefe de Observación me dijo que había sufrido una crisis y lo habían subido a la UCI de coronarias. No volví a verlo despierto.

Mi madre no tenía valor para revisar sus viejos papeles, aún no. Por las tardes, después de salir del trabajo, me llegaba a su casa, más a acompañarla un rato que a poner en orden todo lo de mi padre. Papeles, contratos y fotos, en blanco y negro, con toda la gama de matices grises de aquellas viejas impresiones en papel duro. Entre ellas, almuerzos del gremio, reuniones con mesa presidencial, celebraciones, con botellines de Cruzcampo, con botellas de Fino Tío Pepe, platos de cuñas de queso y de chacinas, y camareros de impoluta chaquetilla blanca, y risas, caras alegres, algunas achispadas, con puros en las manos, Romeo y Julieta, Partagás.
Ignacio Achúcarro

Entre las viejas fotos de mi padre encontré una donde se le veía sonriente en el graderío del Benito Villamarín. La foto, tomada a ras de césped, la habría hecho alguno de esos reporteros que antes, no había teleobjetivos tan grandes todavía, se sentaban en unas zonas marcadas junto a las porterías. Mi padre se ve joven, la foto sería quizás de finales de los cincuenta, con esa cara que a mí siempre me pareció como de uno de los del Rat Pack, Dean Martin o Peter Lawford, todavía de más joven tenía más aire a Sinatra, claro que mi padre, en vez de smoking, iba con la chaqueta azul Mahón reglamentaria en el taxi entonces, seguro que después del partido seguiría dando unas “carreras” más, para aprovechar la tarde del domingo.
Está en la tercera fila, muy cerca del campo. Entre jóvenes como él, tan solo tres o cuatro mujeres en la foto. Todos con más o menos brillantina en el pelo. Peinado hacía atrás, mi padre mostraba ya entonces generosas entradas, aunque su pelo era aún completamente negro.
Recordé cuando me contaba el periplo del equipo por los campos de Tercera División de aquel Betis que, campeón de Liga, se vio desarbolado tras la Guerra Civil, hundiéndose primero en Segunda, en 1940 y, después, en el pozo de la Tercera en 1947. Quince largos años sin retornar a la División de Honor, años de forjar el mito del “Manque pierda” que gritó Oselito desde la pluma de Martínez de León. El 1 de Junio de 1958 el club volvió a Primera y me gusta creer que la foto es de ese día.

Real Betis 1970-71
Mi madre me cosió el número seis, grande, rojo, de hule, en la espalda de la camiseta blanca, y el escudo en la parte izquierda del pecho, con sus rayas rojas y blancas. Tendría yo seis o siete años y era sevillista, mi padrino, mi tío Carlos, fue quien me inculcó el gusanillo blanco, sí, pero mi padre nunca se enfadó, muy al contrario, un día iba con él de la mano por la calle y me dijo: “te voy a presentar a alguien”. Se acercó a un señor de traje, moreno de tez y que a mí, entonces, me pareció muy fuerte y alto (en realidad solo medía 1,69), “este es Ignacio Achúcarro”. Me quedé embobado, no recuerdo que me dijo aquel hombre, el paraguayo que jugaba de defensa en el Sevilla de aquellos años sesenta y que era mi ídolo.
Mi padre nunca dijo nada, nunca me reprochó nada, pero él y mí otro tío, Joaquín, me llevaban cada dos domingos al Benito Villamarín. Un día, años después, tendría yo diez, le dije a mi padre: “papá, soy del Betis”. Me abrazó sonriendo y seguimos andando calle abajo los dos de la mano.

Javier Compás

sábado, 7 de abril de 2018

Sexta luna de Saturno


Sobre la pantalla azul junto a la puerta se silueteaban en amarillo intenso las palabras: SOLO CIUDADANOS AZ AX AY.

Acerqué mi muñeca derecha para que el scanner leyera mi micro chip de identificación, el gas se diluyó unos segundos permitiéndome pasar.

La imagen virtual de la recepcionista estaba muy conseguida, cada vez lo hacen mejor, un holograma prácticamente perfecto. Una chica blanca, de pelo negro e intensos ojos verdes, prestaba su imagen a la empleada que, cómodamente desde su casa, ponía voz a su avatar laboral.

Me indicó amablemente el ascensor supersónico 15 para subir a la planta 324, donde se encuentran las oficinas de Zabala, Montesinos y Asociados. El bufete se estaba encargando de tramitar mi visado para poder trasladarme a Encélado, la sexta luna de Saturno, donde la Sociedad Occidental de Naciones Libres tiene una base de repoblación humana.

La vida en la Tierra cada vez es más difícil. Tras ser borradas del mapa Tel Aviv y Haifa por los misiles atómicos lanzados desde Irán y Afganistán, el presidente francés Muhammad Boumedian, firmó un acuerdo con la Alianza Sagrada de Estados Islámicos tras ser el tercer país, con Reino Unido y Bélgica, en abandonar la Unión Europea. El cierre radical de las fronteras de Estados Unidos bajo la presidencia de Eric Trump y su decisión de incrementar su régimen autárquico hasta el aislamiento total internacional, ha hecho que Alemania, Italia y España encabecen el último bastión de los países occidentales democráticos en oponerse a la nueva Europa regida por el eje París – Ankara. Las guerras de religión locales en las comarcas más conflictivas, han relegado  a la población autóctona a buscar refugio en las nuevas colonias extra terrestres.

Gracias a mis estudios en el campo del agua sintética, fundamentales desde la desecación de todas las cuencas mayores de los ríos de la península Ibérica, he tenido el privilegio de ser calificado como ciudadano AZ y mi mujer y mis hijos como AX, con lo que pronto, tras numerosos trámites y cuantiosas minutas, podremos acceder al edificio de tubos de tele transportación en el Ministerio de Colonización.

Seremos cuatro menos de los 18 millones de habitantes de Madrid, superpoblada desde que todas las ciudades de la costa quedaron sumergidas cuando el gran deshielo de 2038. Hasta los doce metros de altitud todo está bajo el agua ahora, vimos, desde el último avión que despegó del aeródromo del Aljarafe, el campanario de la Giralda sobresalir unos metros sobre las aguas que han cubierto Sevilla.

Un droide armado me recibe en la puerta del ascensor, las medidas de seguridad son extremas desde que los lobos solitarios han intensificado sus atentados mediante humanoides explosivos. Dejo que me escanee y compruebe que mi interior está hecho de músculos, venas y vísceras, ni una sola articulación o prótesis de metal. Me conduce amablemente y en silencio, flotando a escasos centímetros de la alfombra del pasillo, hasta el despacho del abogado que tramita mis visados.

-         Hay un pequeño problema – el hombre del traje gris, cuello mao, líneas puras y rectas, me preocupa, le pregunto que cuál es el problema – Su mujer, ha residido tres años en Egipto.
-        Pues sí, hace quince años ya, antes de la última guerra con Israel. Mi mujer es, era, arqueóloga, realizaba unos estudios para su Departamento de la Universidad de Sevilla.
-         Al parecer cultivó ciertas amistades con eminentes personajes de la sociedad islámica egipcia.
-         Lógicamente, era, es, una investigadora importante. Tenía que relacionarse con el Director del Museo de El Cairo, con el rector de su Universidad, con… en fin, alcaldes y gobernadores, supongo.
-         Pues eso va ser un escollo importante, de hecho, al revisar su expediente se están planteando   recalificarla como BY.
-         ¡¿Cómo?! ¡Eso no puede ser! Mi mujer es española de varias generaciones.
-         No se altere, son las normas de seguridad de la Sociedad de Occidental de Naciones Libres, pero estamos tratando de arreglarlo, hay que hacer comprobaciones…
-         Hagan lo que les parezca, pero háganlo rápido, y le diré una cosa, si puede hágalo por usted y por su familia también.
-        Nosotros somos todos AZ – Su voz no dejaba de tener cierto tono de altivez.
-        Pues mejor para ustedes, abandonen esta incandescente bola cuanto antes, se lo aviso, le doy un consejo gratis. No van a acabar con nosotros las bombas, sino los rayos solares de las tormentas magnéticas que cada vez son más fuertes y frecuentes.
-        Lo hubiese advertido el Gobierno, ya le he dicho que somos…
-       Sí, sí, lo sé, todos AZ, pues hágame más caso a mí que a su querido Gobierno, de hecho ellos están preparando sus tele transportaciones de manera inminente, esto es información reservada, se la doy a cambio de que agilice mis visados.

La piel anaranjada por el exceso de sesiones de rayos UVA del abogado, se volvió del mismo gris que su traje. Pasó la mano por encima de su pantalla de escritorio. La cara de su secretaria virtual, le preguntó qué deseaba. Ordenó rápidamente que le pusiera con el Ministerio de Colonización.

No miraron atrás. Luis Mendoza, ciudadano AZ y los ciudadanos AX, Inés Pulido, Juan y Miguel Mendoza Pulido, ocuparon sus tubos de tele transporte en la torre 28 del Ministerio de Colonización, en unos segundos sus moléculas corporales se recompondrían tal cual en las cabinas de la base militar española de recepción en la sexta luna de Saturno. Bienvenidos a Encélado.

Javier Compás