Tenía pendiente la visita a
Amorío en su local de la calle Amador de los Ríos sevillana. Las
expectativas eran grandes pues me gusta mucho
La Carboná de Jerez de la Frontera, casa madre de este ¿bar,
restaurante? Que
Javier Muñoz, abrió
en Sevilla junto a otros socios el pasado 2025. Además las referencias de
conocidos que han pasado por allí eran excelentes, quizás el listón de algunos
está más bajo que el mío, no sé. No digo que el sitio sea malo, ni mucho menos,
pero obviamente no cumple, para mí, lo que esperaba. Voy a intentar explicarlo
en este artículo.

El nombre ya es una declaración de intenciones: “Restaurante
de Barra”. Efectivamente el local se articula en una larga barra (heredera de
la antigua cervecería que allí estaba) y una serie de mesas altas con
taburetes. Lo de las mesas altas es una costumbre que la mayoría parece que ha
aceptado sin más. A mí no me gustan. Ver un local con mesas alineadas y todo el
mundo subido allí en altura me recuerda a las granjas de gallinas. Además en
Amorío como las mesas son de seis, no admiten reservas de menos de tres
personas en ellas, te tienes que ir a la barra, que tiene los mismos taburetes.
Dicho esto, el día de mi visita, como llovía y la terraza no estaba operativa,
tuvieron la deferencia de habilitar dentro dos mesas digamos que normales. Lo
malo es que sentado en una de estas mesas bajas los culos de los vecinos te
quedan a la altura del cogote.

Añado que el local es agradable pero ruidoso, a pesar de que
tiene placas en el techo para evitar el rebote de las ondas sonoras, la cosa se
desmadra un poco, claro que eso es culpa también del elevado tono de voz de los
clientes. De fondo una muy agradable música de jazz que solo se podía apreciar
en los magníficos baños del local.
El servicio anda un poco despistadillo, voluntarioso y muy
educado, fue entonándose durante la velada. Yo creo que la aplicación móvil que
usan para recoger y transmitir las comandas les ralentiza más que ayudarles. Tener
que pedir agua tres o cuatro veces o pedir un cava de la carta y que te
intenten servir una botella de champán, no es de recibo, aunque ya digo que muy
educados y atentos.
Dicho todo lo cual centrémonos en lo mollar, la comida. A
ver, las medias y raciones son buenas, casi nada que no haya probado ya en La
Carboná de Jerez, con algo menos de nivel en la elaboración. El problema, no es
el único sitio donde pasa, es que lo que viene en el plato es rehén de lo que
pone en la carta. Vayamos con varios ejemplos de lo probado el día de autos:
-
Ensaladilla
de ventresca de atún de almadraba y langostino de Sanlúcar de Barrameda. Si
te ciñes al plato, muy rica. Fresca, con una buena mayonesa cremosa y las
patatas en su punto. Ventresca de conserva y langostinos prácticamente ausentes.
-
Paté de
ave al oloroso con velo de Pedro Ximénez. Demasiado compacto, típico paté
de pollo al que se da consistencia con higaditos. Postgusto largo y sabroso.
-
Anchoa del
Cantábrico, brioche, crema de mantequilla ahumada, confitura de tomate y palo
cortado. Introducir un tipo de vino de Jerez en la receta es norma de la
casa. Rico bocado, que no deja de ser una versión de la tostadita con anchoa
encima.
-
Lomo de
lubina asada al sarmiento de viña, puré de brócoli, tallarines y piñones. Lo
de asada al sarmiento de viña me parece que no es el caso, una lubina, eso sí,
gustosa y en su punto, quizás un poco demasiado hecha, pero lo que no vi por
ningún lado fue el puré de brócoli, más bien una salsa con nata, ni mucho menos
los piñones.
-
Tarta de
queso Payoyo, coulis de melocotón y canela. ¿A qué suena bien? Pues ni
caso, una tarta industrial vulgar y corriente, compacta y fría. Eso sí, bien
cobrada.

Pues hablemos de precios. El ticket por persona, ahora
hablaré de los vinos, 38,75 euros. Bueno, teniendo en cuenta el lugar, las
mesas sin mantel, hay que pedir otra servilleta (de papel) si no tienes que
poner los cubiertos en la mesa, quizás algo elevadillo, pero está todo igual,
ya saben. La cosa ya es para pensarlo si tenemos en cuenta que 20, 50 euros de
ese ticket son el vino, el cestillo de pan y el postre, o sea, casi el 53% del
total. Detallo, copa de palo cortado de la casa, 5,50 €, cestillo de pan, 1,50
€/pax. Botella de cava 21 euros (coste unos 8 euros) Peor fue el caso de una botella
de un rioja medio (5 euros coste) cobrada en la barra de un bar de Triana a 20
euros el otro día. Así están las cosas y sé que muchos amigos de la hostelería
se cabrearán con esto, soy consciente de los gastos, de la subida de las
materias primas, la luz, el local, los sueldos, etc. Yo solo expongo, ustedes
juzguen.
Por lo demás decir que la carta de vinos es amplia y
variada, con la posibilidad de pedir casi cualquiera de ellos, salvo los más
caros, por copas. Con una amplia selección de generosos del Marco de Jerez.
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