Perfil bajo
Una semana de clausuras, suspensiones de actos, interrupciones de la agenda programada y, salvo que seas un cansino de las redes sociales publicando a diario varias tonterías que no interesan a nadie, mostrar un perfil bajo. Al menos yo apenas uso las redes, tan solo Facebook e Instagram, para mis actividades profesionales, ya sabéis los que me soportáis aún: cosas de vinos, gastronomía, bares y restaurantes, la cosa cultural, exposiciones, patrimonio, arte. A veces me muerdo la lengua y a veces no tanto, y no puedo dejar de comentar algo de matiz socio político, después me arrepiento normalmente, pero no suelo borrarlo (a lo hecho, pecho). De cualquier forma no soy ningún influencer desde luego, ni lo pretendo. Soy de la vieja escuela, artículo más corto que largo, a la fuerza ahorcan, y sometido a la impaciencia y falta de comprensión lectora ambiente. Demasiado viejo para cambiar ya. Por otra parte, egocéntrico y vanidoso, creo estar en posesión de la razón en insistir en la crónica fundamentada y bien escrita, dejémonos de falsas modestias. Dios me dotó de ciertos talentos pero creo que uno de ellos no es la vis cómica para hacer videos “simpáticos”.
En el cielo, las nubes gris oscuro, como algodones mojados, corren con el viento sobre un fondo de cielo gris también, pero más claro, de “panza de burra” lo llaman. No me suele preocupar el invierno, bastantes meses de sol y calor nos esperan, pero es cierto que este está siendo especialmente triste, en todos los sentidos. Asistí hace unos días a una multitudinaria y costeada fiesta de cumpleaños de un amigo de toda la vida que acaba de llegar a la edad de jubilación a. Z. (antes de Zapatero). En uno de los salones donde se daba el cóctel habían colgado por las paredes fotografías de diversos momentos de su vida. Yo, que lo conozco hace más de cuarenta años, miraba aquellas imágenes y no dejaba de pensar en los que no estaban allí, en como el repaso biográfico tenía numerosas lagunas que, o bien habían sido deliberadamente orilladas, personas incluidas, o no quedaban testimonios gráficos de las mismas. Es curioso percatarse que también en la memoria biográfica somos selectivos.Mientras todos los canales de televisión nos aburren con la
misma información en bucle durante todo el día, todos los días, recordaba,
mirando por mi ventana caer el agua sobre los árboles, mi infancia en estas
mismas calles a las que ahora he vuelto a vivir. Mi camino al colegio, con mi
impermeable con capucha, con mis botas de agua de goma, con el bocadillo de
salchichón y tulipán envuelto en papel de plata dentro de la cartera (no
mochila), con mi plumier donde iban la goma Milán, el lápiz Staedtler amarillo
y negro, el boli Bic Cristal, el compás, el transportador, el sacapuntas. Un
cuaderno de cuadrículas para las matemáticas y uno de rayas para la caligrafía,
y los libros…
Las ausencias son más perceptibles con este fondo gris, los
silencios de las voces que amamos un día, más atronadores, los abrazos perdidos
nos dan más frío, a veces me gustaría fumar, encender un pitillo frente al
ventanal y ver la voluta de humo perderse hasta el techo, pero entonces me
dolería el estómago además del alma.


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