Aquel 11 de Septiembre



El 11 de Septiembre de 2001, recién comenzado el nuevo milenio, mi vida también estaba dando un giro importante. Superada la que podríamos calificar como la primera parte de la función, de este espectáculo variopinto y tragicómico que es la vida, me encontraba a escasos días de cumplir 41 años. Tras una infancia y una juventud donde podría decirse que tuve una vida tranquila y feliz, dentro de la modestia económica de mi familia, tras superar mis estudios académicos, universidad incluida, había terminado de resolver mi vida profesional en un puesto administrativo ciertamente poco alentador y, por tanto, dispuesto a dar un cambio de rumbo muy significativo. Para ello, decidí invertir parte de la indemnización que le había ganado en el juzgado a la empresa que se había quedado con la que yo trabajaba, y de la que fui despedido junto a otros mandos y enlaces sindicales varios, algunos se plegaron vilmente a la nueva compañía, cada uno hace con sus principios y lentejas lo que mejor cree para su casa, sin duda. Junto con otro compañero también afectado por ese ajuste empresarial, decidí dedicar mis esfuerzos laborales a lo que hasta entonces había sido una mera afición, el mundo del vino y la gastronomía. 

Fue él , mi socio Rafa, Rafael Blanco, el que me propuso quedarnos con un local en alquiler en la plaza de Santiago de Castilleja de la Cuesta, en la parte más noble de este antiguo pueblo del Aljarafe de Sevilla, por cierto, bastante vinculado a Triana, mi barrio. Recuerdo una columna del inolvidable Antonio Burgos dedicada a la localidad de origen de las famosas tortas de aceite, donde la calificaba como el “barrio alto de Triana”. Precisamente nuestro local había sido sede de una de las firmas históricas de esas tortas de aceite unas y polvorón otras, Gaviño. Lo que fue su despacho al público, se convirtió en nuestra oficina, exposición, tienda y sala de catas. Tres grandes escalones separaban ese espacio de una amplia nave de almacén, donde también organizaríamos diversas actividades, como, además de los cursos de cata de vinos impartidos por mí, también organizamos, entre otras actividades relacionadas, cursos de cocina, fue el principio de la amistad y colaboración mutua con el gran cocinero sevillano, Víctor Gamero.

A esa zona de entrada al local le dimos un aire muy acogedor y típico. Un zócalo de esparto, unos botelleros de madera, donde exponíamos las botellas de vinos tumbadas, nuestra oficina con dos mesas de despacho, donde por cierto había en la pared una caja de caudales incrustada, antigua y muy bonita, que nunca llegamos a abrir y paredes color burdeos. Rafa y yo estábamos esa mañana del 11 de Septiembre de 2001, sentados ambos en aquellos tres escalones, mirando con sonrisa complacida el nuevo suelo de bellas losetas hidráulicas que nos acababan de instalar. Un espacio que, entre otras actividades, también nos serviría de sala de exposiciones, y de aquí surgiría otra de mis entrañables amistades futuras, la de mi recordado amigo, el pintor Ricardo Casstillo. Más amigos surgieron de aquella aventura, sería largo de enumerar y me dejaría a muchos en el tintero, pero no quiero dejar de mencionar, por ejemplo, a Elena Viguera y Julián Navarro, que por entonces se abrían camino con sus Colonias de Galeón, pioneros de los nuevos vinos sevillanos. También aparecieron un día por allí, los amigos de Apolo y Baco, de fecunda relación desde entonces. Y muchos amigos en los cursos de cata y de bodegas de vinos que representamos y cuyos vinos incluimos también en nuestro Club de Vinos y Viandas, que llevó a muchos hogares, incluso llegando a Cataluña con nuestro amigo el doctor Estivill, nuestras selecciones mensuales de vinos y conservas gourmet, que en nuestro local disfrutaban clientes asiduos como el poeta, Rafael de Cózar y su mujer, la entrañable Natalia. 

Retomo el hilo de aquel martes. Por la radio tuvimos noticia del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Decidimos, serían sobre las 13:00 horas, dar por terminada la jornada y volver a nuestras respectivas casas. Por la autopista bajando a Sevilla, iba escuchando en la radio de mi coche la increíble secuencia de los acontecimientos. Luego fue un día de sofá y televisión. Entonces mi hija mayor tenía cinco años y el mediano, no había cumplido dos. El benjamín no llegaría hasta otros cinco años después. No éramos quizás conscientes de lo que se vendría tras esa negra jornada para el mundo occidental, nada sería igual a lo que conocíamos hasta entonces. Intensificación de los conflictos bélicos en Oriente Medio y olas de inmigrantes llegando a Europa, con un alarmante incremento de atentados islamistas que, desgraciadamente, afectarían terriblemente a España con atentados como el del 11 de Marzo de 2004 en la estación de trenes de Atocha, en Madrid, o el de las Ramblas de Barcelona el 17 de Agosto de 2017, el otro día como quien dice. 

La vida de todos cambiaría, el mundo cambiaría, y mi vida lo haría especialmente porque se me abrió, afortunadamente y al margen de esos conflictos, a un nuevo mundo donde me adentraría en la época dorada de la nueva gastronomía española, la cocina que conquistaría el mundo y el despegue de los vinos de calidad españoles en sus diversas zonas y regiones. Prometí un libro contándolo todo, en la sala de máquinas está.

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