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Detrás de la portería de Gol Sur

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Grada de Gol Sur Benito Villamarín Dejé el MARCA sobre su regazo, comentamos algo sobre el Betis y el Real Madrid y me despedí hasta la tarde. Cuando regresé ese mismo día a la hora vespertina de visitas, el ATS jefe de Observación me dijo que había sufrido una crisis y lo habían subido a la UCI de coronarias. No volví a verlo despierto. Mi madre no tenía valor para revisar sus viejos papeles, aún no. Por las tardes, después de salir del trabajo, me llegaba a su casa, más a acompañarla un rato que a poner en orden todo lo de mi padre. Papeles, contratos y fotos, en blanco y negro, con toda la gama de matices grises de aquellas viejas impresiones en papel duro. Entre ellas, almuerzos del gremio, reuniones con mesa presidencial, celebraciones, con botellines de Cruzcampo, con botellas de Fino Tío Pepe, platos de cuñas de queso y de chacinas, y camareros de impoluta chaquetilla blanca, y risas, caras alegres, algunas achispadas, con puros en las manos, Romeo y Julieta, Partagás....

Sexta luna de Saturno

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Sobre la pantalla azul junto a la puerta se silueteaban en amarillo intenso las palabras: SOLO CIUDADANOS AZ AX AY. Acerqué mi muñeca derecha para que el scanner leyera mi micro chip de identificación, el gas se diluyó unos segundos permitiéndome pasar. La imagen virtual de la recepcionista estaba muy conseguida, cada vez lo hacen mejor, un holograma prácticamente perfecto. Una chica blanca, de pelo negro e intensos ojos verdes, prestaba su imagen a la empleada que, cómodamente desde su casa, ponía voz a su avatar laboral. Me indicó amablemente el ascensor supersónico 15 para subir a la planta 324, donde se encuentran las oficinas de Zabala, Montesinos y Asociados. El bufete se estaba encargando de tramitar mi visado para poder trasladarme a Encélado, la sexta luna de Saturno, donde la Sociedad Occidental de Naciones Libres tiene una base de repoblación humana. La vida en la Tierra cada vez es más difícil. Tras ser borradas del mapa Tel Aviv y Haifa por los misiles atómi...

Barcelona

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Aprendí a quererte igual que lo hice en mi propia ciudad, paseando tus calles. Reconozco que las primeras veces solo te percibí como un sitio ajeno, grande, lleno de gente que iba de aquí para allá, a sus cosas, hasta aquel verano… No importó la humedad que se adentraba desde el mar por las viejas callejas del Born, del Barrio Gótico, del Raval, fuimos descubriendo tus tabernas entre vermú y vermú y ya, de  noche, vivimos la tormenta que bajaba desde el Tibidabo hacia Sarriá. Rompiendo el negro suave de la noche de verano con sus líneas rojas quebradas, zigzagueando sobre nuestro deseo. Nos gustaba sentir la lluvia, fuerte, de gotas gruesas, repiquetear en el alféizar de la ventana del dormitorio. Acompasamos nuestros cuerpos al ritmo de la tempesta   y terminamos a la vez que un trueno que pareció partir en dos el firmamento. El fresco aire que entraba por la ventana olía a tierra húmeda y tejas mojadas, tu pelo se desparramaba por la almohada y apenas se notaba tu ...