
Catar vinos a la avanzada requiere mirar a largo plazo. Se
trata de probar vinos de calidad de la última cosecha, sin la maduración
habitual de cada marca, para adquirirlos a precios más ventajosos. Por tanto no
es una cata para el gran público, ni siquiera para aficionados más o menos
iniciados, aunque claro que siempre es una buena oportunidad de ir aprendiendo.
Se requiere cierta experiencia y recorrido en el mundo del vino y,
preferiblemente, conocer previamente anteriores añadas de los vinos a catar. Además,
tratándose habitualmente de vinos de elevado precio, o no tanto, pero por
encima de la media habitual, hay que catar cada vino con unas gotas servidas,
lo que no es lo mismo que degustar una copa de cantidad normal. Y escupir,
porque aunque sean veinte o treinta buchitos, al final se acaba subiendo el
ánimo. A todo ello se añade que el paladar, la lengua, se va saturando conforme
vamos catando. Sumilleres, hosteleros, coleccionistas, grandes aficionados y,
por supuesto, medios especializados.

Dicho todo lo cual, asistir a una cata como la ofrecida este
martes 2 de Junio en el hotel EME Catedral Sevilla por la distribuidora Delatierra,
es todo un privilegio y una oportunidad de probar vinos únicos. Solo cuatro mesas,
pero plagadas de un buen número de etiquetas atractivas.
Comenzando por la más
variada, nombremos la de
Vila Viniteca, colaborador desde hace años de
Delatierra y que trajo los vinos de la familia portuguesa
Nieeport, no
sus famosos oportos, sino sus vinos tranquilos blancos y tintos, sus
Bairrada
tanto blanco como tinto son frescos y fáciles de beber. En la misma mesa las
garnachas de la Sierra de Gredos y la Albillo Real del
Hombre Bala.
Un paseo por Francia. Elegante y envolvente el Château Rocheyron (Saint Emilion) y, a mí
especialmente me sedujo el Hermitage Vielles vignes de la Maison
Tardieu-Laurent, pero claro, ya se sabe que los chardonnays del Ródano son
mi debilidad, y más si están tratados con la delicadeza y cremosidad fresca de
este. No le iba a la saga su hermano tinto de Chàteauneuf-Du-Pape Cuvée
Speciale Millésime 2023. En su línea de calidad, pero por evolucionar
todavía el Psi 2023 y Flor de Pingus de la misma añada, con
potencia y carnosidad.
Y de la variedad de Vila Viniteca a una mesa con un solo
vino, el
Dominio de Es 2025 Viñas Viejas de Soria (D. O. Ribera de
Duero) Tan solo lleva esta añada dos meses de barrica, pero apunta a gran vino,
oscuro, con cuerpo, cálido.
Enfrente la mesa de los vinos de
Benjamín
Romero, Bodegas Contador (D. O. C. Rioja) Un acierto tener junto a
La
Cueva de Contador y
Contador 2025, una botella de cada de 2021, una
añada fresca, que me seduce. No voy a descubrir la calidad de esos vinos, pero
permítanme que les diga que lo más gratificante para mi paladar de la velada ha
sido el
Contador 2021, potencia controlada, elegancia, tostados de
altura bien integrados con fruta golosa, un punto mineral y largo en el
postgusto. Presentaba la bodega un blanco,
Parcela El Sauco 2017, como
una actualización de esos vinos blancos de guarda clásicos de la
Rioja.
Por último, la mesa de los vinos de
Álvaro Palacios,
tanto sus etiquetas del Priorato, como las del Bierzo. Allí oficiaba Natalio
del Álamo con su saber hacer y facilidad de comunicación. Comenzó por
Priorato,
primero con la fruta madura y las violetas de
Gratallops, todas las
muestras eran 2025, después con la encantadora frescura de
Finca Dofí.
La
Baixada, un 100% garnacha, no me sedujo demasiado. Por fin,
L’Ermita,
fresco y elegante, sutil y gustoso, como un príncipe en la escuela,
preparándose para ser rey. Después el
Bierzo, la apoteosis de la tinta
Mencía.
Comenzamos con la fresca acidez de frutos rojos de
Corullón, todos los
vinos eran también 2025 también. Ni
Las Lamas ni
Moncerbal, sin
dejar de ser correctos y de calidad, me parecen vinos excepcionales, aunque son
buena muestra de cómo marca el terreno a cada uno. Remontamos el alto vuelo con
AlChelo, una hectárea tan solo de viñedos para dar la alta expresión de
una Mencía espectacular. Y
La Faraona, otra cosa, sus evocaciones
volcánicas, no exentas de sulfuro, mineralidad que tiene personalidad propia en
un vino fresco, envolvente y elegante.
Una cata de altura donde, al final, volví a L’Ermita,
como le comenté a Natalio, y como leerán en mi próximo artículo, tenía que
despedirme de mi presencia como comunicador profesional del mundo del vino y la
gastronomía, cerrando el círculo que comenzó una tarde del año 2.000 (el año de
su mítica cosecha, entonces probamos si no recuerdo mal el 98) en la Taberna
del Alabardero, allí catamos, con Joan Asens, su L’Ermita. Gracias a
tantos, por tanto.
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