Ultramarinos La Diana, histórico en el Puerto de Santa María

Si no es el ultramarinos más antiguo de España poco le falta. De sus vinos bebió el escritor norteamericano, Washington Irving, el de ‘Cuentos de la Alhambra’ que se alojó en los altos de la casa colindante allá por el otoño de 1828, nada menos. Quedan sus palabras al respecto: “Dios quiera que pueda vivir todo el tiempo para beber todo este vino, y estar siempre tan feliz como él pueda ponerme”.  No sé si sería algo como el Fino Pavón que toman dos señores a mi lado, o una Manzanilla como la Papirusa que está en mi copa. Por cierto, uno de esos señores es nada menos que Pepe Sánchez Sena, propietario del local, Ultramarinos La Diana, donde entró de empleado con trece años, muchas décadas después parece que no ha pasado el tiempo en las estanterías, tan ordenadas, tan bien surtidas, de esta tienda bar. Su propietario ya va para los 85, ahí está el buen señor en su tienda modélica. 

La elección es difícil, venga una Papirusa. En los papeles encerados que hacen de platos llegan a la mesa alta donde estamos una extraordinaria butifarra de la Sierra de Cádiz, tampoco está malo el morcón de morcilla, original y sabroso. Un poco de caña de lomo, ole. Y chorizo ibérico de categoría. Me quedo mirando los botes de legumbres del escaparate, donde en bonitos tarros bien grandes de cristal hay de todo: judiones, habichuelas, frijoles, lentejas, garbanzos, judías pintas y negras… una locura. No faltan perniles de Jabugo colgando de la pared y, entre las ordenadas latas de conservas, aquellos tarros de caramelos de nuestra infancia. ¿De vinos del Marco de Jerez Qué quieren que les cuente? Hay de todo. Carteles en las puertas: “Hay Bacalao”, y también “Hay chicharrones”. Para los jartibles de la capital de la región hay botellines de Cruzcampo.


Desde luego el nombre no podía estar mejor puesto, La Diana, ni en una calle más adecuada, la que se llama Palacios, pues esto es un palacio de vinos y viandas sin duda. Hablando de Fino Pavón, la bodega cruzando a la otra esquina de la calle. El espacio es chiquito, para que entremos los privilegiados de encontrar un sitio enorme de espíritu y sabor. Me fijo en el detalle de la enfría botellas de plata, de la peana de esparto trenzado, de la copa sudando de fría, qué locura.

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