Hay cosas que nos suceden y, de momento, nos cabrean un
montón, luego te das cuenta que es una tontería comparada con otras
verdaderamente importantes, son minucias que, como es este caso, incluso te
hacen sonreír y contarlo como un chiste. A priori, que matar un mosquito en tu
casa, aunque sea un bichejo que te ha estado acosando un buen rato, te cueste
20 euros, parece bastante caro, aunque teniendo en cuenta la poca eficacia de
los botes de insecticidas parece incluso un precio razonable. El caso es que el
insecto en cuestión se posó sobre mi ordenador y ¡plaf! Le di un manotazo que,
abracadabra, hizo que se perdiera la imagen de la pantalla. Menos mal que cerca
de casa está, Antonio, un buen informático que me lo arregló en un periquete,
un enfermero de máquinas que tiene pinta de cantante folk de los ochenta.

Piensas en esa semana y recuerdas que comenzó con el primer
aniversario de la muerte de un buen amigo, que al día siguiente fue el
cumpleaños de dos queridas personas a las que hace años que no ves, que dos
días después, hace un año también, pasaste por un difícil trago en un juzgado
de familia, que la víspera del cumpleaños tuviste una grata cena con una gran
persona. Y terminas la semana, cumpliendo años, esto último es más bueno que
malo, porque, aunque sean muchos, uno está vivo y en relativa buena forma, je,
je, je. En serio, hay cosas verdaderamente importantes en la vida. Hay
anécdotas en el día a día, unas buenas y otras no tanto, las malas se acaban
olvidando, o al menos minimizándose, las buenas suelen quedar en bonitos
recuerdos archivados en la memoria. Una tertulia más con los amigos, donde, si
uno se fue, ganamos para nuestra mesa a una buena amiga, encantadora y culta,
que hace que él siga presente. Una cena con los hijos, los miras y ves algo de
ti en cada uno, aunque alguno lo tenga más escondido, y como disfrutan, como
han crecido y encauzado sus vidas.
Duele recordar los errores, la elección de ese camino y no
otro. Duele la perdida de seres queridos, unos por el devenir natural de la
vida, otros no tanto, esto son los que más duelen. Aunque quizás lo peor son
esas personas que eran imprescindibles en tu día a día y de un manotazo,
terrible y doloroso, como el que mató al mosquito, desaparecieron y viven otras
vidas, en otros lugares… Pero brindo por los que están y por los que se han
ido, a todos, gracias y ojalá pueda escribir otra carta el año que viene. Va
por vosotros.
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