Los espacios silenciosos de Hammershoi en el Thyssen
Hay un cuadro que retrata los blancos edificios con techos
negros de paja que nos recuerda la aldea protagonista de la película ‘El festín
de Babette’, película danesa de 1987, fiesta visual basada en un relato de la
escritora también danesa Isak Dinesen (Karen Blixen) autora de las
famosas ‘Memorias de Africa’ gracias a la clásica película del mismo nombre. Me
refería al principio al reducido universo del pintor que, efectivamente, se
fija habitualmente en su entorno más cercano para sus obras, interiores vacíos o
con silenciosos personajes, en muchos de los cuadros su propia esposa, que,
solos o en compañía, no hablan entre ellos, ni siquiera se miran. Su mujer,
leyendo, cosiendo o poniendo la mesa. Un ambiente que hoy llamaríamos
minimalista, muy pulcro y ordenado, sin apenas objetos decorativos, una cierta
austeridad que contrasta con interiores más barrocos y recargados que podemos
apreciar en la obra de otros estilos más meridionales.
Hammershoi estudia en esos cuadros ángulos y líneas, en una superposición muy geométrica de puertas, ventanas, paredes, donde además el artista se fija en el estudio de la luz, incluso repite, como harán en breve los impresionistas franceses, las luces, sombras y matices cromáticos de un mismo encuadre, de un mismo lugar, según la hora del día. Una paleta donde impera el blanco y los tonos grises. Silencio donde, sin embargo, el pintor se fija también en la música, como en ese magistral retrato de un hombre tocando el violonchelo, instrumento que aparece en otro cuadro apoyado en el pianoforte habitual de muchas de sus composiciones pictóricas, como en una naturaleza muerta musical bañada por la luz de un ventanal que entra por la izquierda. Imágenes que cambian en detalles, como los cuadros que adornan apenas las paredes y que convierten al autor en una especie de director de arte del cine o el teatro, configurando un escenario.
También el pintor danés nos muestra paisajes exteriores, tanto urbanos como rurales, vacíos de personas, donde flota el espíritu de los románticos del XIX, como el alemán Caspar David Friedrich, aunque con una Naturaleza mucho más serena y menos amenazante. Junto a ese rastro del Romanticismo decimonónico teñido de austeridad puritana, las huellas del simbolismo y, en sus últimas obras, una evolución hacia una pintura más suelta y cercana a los nacientes ismos del cambio de siglo, aquí su autorretrato de madurez. Magnífica exposición en definitiva que, si tienen tiempo, no deberían perderse.




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