Rothko y el espíritu de la pintura

Aprovecho la calma de este domingo luminoso de Mayo, que coincide por cierto con la celebración de la Virgen de mi niñez, María Auxiliadora, para escribir, por gusto y reposadamente, sobre pintura y uno de mis artistas preferidos del arte contemporáneo, Mark Rothko. Traigo a estas páginas virtuales al pintor estadounidense, aunque nacido en Letonia, al hilo de una bella publicación en su muro de Facebook de mi amigo en dicha red social, Francisco José Aranguren, que titula “Ante un cuadro de Rotko” (sic) donde describe con extraordinaria sensibilidad sus sensaciones ante la contemplación, por primera vez, de un cuadro del maestro en directo. No me resisto a reproducir parte de su texto por la identificación que siento ante su lectura: “En directo, la experiencia fue tremenda: una inmersión en el lienzo, de una profundidad y riqueza inagotables. Me quedé muchos minutos plantado delante de ese Rotko, perdido dentro de él, envuelto en sus texturas y matices. Todo un mundo, algo que nunca había sentido antes: el olvido de mí mismo dentro de una obra”. Le perdonamos que le hurte al apellido del maestro su h intercalada. 

No sé si Francisco José habrá visitado alguna vez el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid, allí podrá contemplar el que supongo será el único Rothko en un museo público español. Se trata de la composición Sin título (verde sobre morado) de 1961. Mi sensación ante la obra, allí al alcance de mi mano, de uno de los cuadros, no precisamente de los que más me llaman la atención del artista lamentablemente, fue, sin embargo, muy parecida a la de mi amigo, supongo que debe de ser algo similar a cuando le presentan a un fan a su artista o deportista estrella admirado, un encuentro por fin cara a cara. No es la misma sensación que tuve desde luego, muchos años antes, contemplando en el Prado por primera vez Las Meninas, sensación por cierto no superada por ningún maestro italiano ni siquiera en Florencia y eso que allí pude contemplar cuadros míticos vistos mil veces durante mis estudios de Historia del Arte.

Decía mi admirado y recordado pintor sevillano, Manolo Salinas que su obra era la destilación, el espíritu de la pintura, o quizás yo le sugiriera que era eso lo que sus cuadros de color, tan magistralmente equilibrados, suponen. Coincidiendo un poco con Picasso, que decía, que la pintura es quitar a las cosas todo lo que le sobra, o algo así. En definitiva, estamos en esos místicos cuadros a base de cuadrados y rectángulos de colores alineados y/o superpuestos de Rothko, en una suprema destilación de la esencia de la pintura, quizás en la culminación de la novedad que el arte abstracto, consecuencia de la descomposición (tómenlo en el sentido, bueno o malo, que les parezca) del arte figurativo académico que rigió la pintura durante siglos. Vanguardias que, ante la aparición de la fotografía y la intelectualización que supusieron las filosofías, unidas a los movimientos artísticos, de primeros del siglo XX, abrieron nuevos caminos a la creación artística, donde el valor de la obra está tanto en la intención creadora del que la ejecuta, como en la interiorización del que la mira.

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